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El Amor y sus similitudes con el Universo y las estrellas

9 de marzo de 2017
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El amor se parece a las estrellas: hace falta una increíble coincidencia cósmica para que en algún lugar de una inmensa nube fría y llena de polvo, una pequeña parte inicie una particularidad inversa, aumentando cada vez más su temperatura hasta que pone en curso un proceso de fusión en su interior.
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Algo similar ocurre entre las calles de una fría ciudad, cuando –entre millones de individuos que se esquivan frenéticamente entre sí a toda prisa–dos desconocidos encuentran un respiro para mirarse a los ojos por primera vez. Se trata del principio de toda relación, cuando todo ocurre en el momento exacto y cada instante es perfecto para cualquier pareja.

En más de un sentido, la mayoría de las relaciones parecen progresar de la misma forma que una estrella, misma que a lo largo de miles de años crece en tamaño y aumenta su temperatura. De la misma forma que el hidrógeno es el combustible que mantiene viva a un astro, el amor se alimenta de confianza, sinceridad y comunicación entre ambos.

En el corazón de los cuerpos celestes un sinfín de reacciones nucleares se llevan a cabo. Este proceso es una fusión constante de millones de fuegos artificiales que brillan sin comparación, por lo que se vuelven visibles desde cientos, tal vez miles, de mundos en el espacio.

Una relación sentimental también tiene similitudes con la gravedad: se trata de una fuerza que atrae a los cuerpos; a veces los mantiene girando en un sistema armónico, tal como ocurre con el Sol y los planetas del Sistema Solar, pero otras es capaz de crear caos y dirigir a dos mundos hacia plena colisión.

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El amor es capaz de atraer y enlazar a dos individuos, pero cuando se convierte en obsesión éste puede tomar un derrotero de fatalidad y decadencia. Dentro de miles de millones de años la Vía Láctea y Andrómeda protagonizarán una colisión mortal, donde ambas se fusionarán para dar forma a otra galaxia distinta.

Después de unos cuántos miles de años en plenitud, el núcleo estelar ardiente de una estrella agota su combustible. No queda más hidrógeno: el alimento que la mantenía viva se consume, primero lenta y después aceleradamente, hasta que se precipita con fatalidad a su fase final. Una gigante roja que se comprime y termina convertida en una enana blanca, que poco a poco pierde el brillo que la caracterizó durante la fase más dulce de su vida.

El final para una estrella moribunda depende de su tamaño: si se trata de un cuerpo celeste con una densidad media, entonces habrá de convertirse en una supernova, que dará paso a un objeto minúsculo y oscuro, que a su vez formará parte de otra nube de gas caliente para, con un poco de suerte, iniciar en algunos miles de años el mismo proceso que le dio vida.

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Pero en el caso de las estrellas de más de cuarenta veces el tamaño del Sol, un fenómeno aún inexplorado por la ciencia habrá de marcar su desenlace: un colapso gravitatorio que puede provocar que una enana blanca sucumba ante su propia densidad, incapaz de escapar de su influencia gravitatoria. Las relaciones pasionales tienen algo en común con los agujeros negros, ese poder destructivo que arrastra todo a su paso y del que resulta imposible escapar.

Al final, puede que tanto los misterios del Universo como los del corazón sean tan extraños como cercanos al ser humano. Algunas respuestas se encuentran con sólo mirar una noche oscura, otras perdiéndose en la eternidad de un par de ojos que, finalmente, también son un firmamento estrellado.

Fuente: CulturaColectiva

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