¿Qué es una fiesta? La palabra inmediatamente evoca rostros de amigos o familiares amados, un lugar y momento específicamente reservado para la ocasión, desde una casa hasta un jardín, además de alimentos y bebidas en abundancia. En español, “fiesta” proviene de la palabra latina fastus, un día sancionado por los dioses para celebrar o comenzar un negocio o empresa (en oposición a los días ne fastus, de donde viene la voz “nefasto”); así, la idea de que hay días auspiciosos o positivos y días negativos para celebrar cierto evento se remonta mucho más atrás en la historia humana, y es la forma en la que nuestros antepasados organizaron su idea del mundo y el tiempo.

Las fiestas y los banquetes, así como los ayunos y las ceremonias funerarias, se encuentran presentes en cualquier civilización del planeta, y son el motivo de algunos de los vestigios arqueológicos más antiguos registrados. Excavaciones como la de Hilazon Tachtit, en Israel, han permitido a los científicos datar uno de los banquetes más antiguos de la humanidad, uno que sucedió hace 12 mil años. Se trató de un banquete funerario donde fueron enterrados al menos 28 individuos de diferentes edades y donde se consumió una fastuosa cantidad de carne de vacas salvajes (¡y al menos 70 tortugas!).

Aunque el menú se modifique con la geografía, el sentido comunitario de los banquetes se mantiene sin importar la ocasión. El doctor Charles Stanish y sus colegas han investigado la manera en que las civilizaciones del antiguo Perú conformaron fuertes vínculos de cooperación con otras poblaciones vecinas a través de la construcción de geoglifos (grandes líneas de piedra sobre la tierra, como en Cerro del Gentil o Nazca), así como rituales que involucraban comida, bebida y sacrificios de todo tipo. Sus hallazgos sugieren que las economías cooperativas se regulan con mayor eficiencia si comparten vínculos comunitarios, incluso sin compartir el mismo espacio geográfico. Una fiesta en común, como el solsticio de invierno, permitió que las comunidades se acercaran unas a otras para cooperar en lugar de competir.

Una fiesta o celebración, al igual que un monumento hecho de piedra, sirve para conmemorar un momento importante. No importa si se trata del día de la independencia, Navidad, el fin del Ramadán, el inicio de la primavera, una boda o una celebración de cumpleaños: como habitantes de un mundo vivo, el paso del tiempo se marca en la medida humana a través de los banquetes, en torno a una mesa y a través del consumo ritual de ciertos alimentos.

En El banquete, Platón relata diversos diálogos que tienen lugar durante una gran cena. El tema de estos diálogos es el amor en sus diversas acepciones o sentidos. Cuando Sócrates recuerda las palabras de su maestra, Diótima, el amor se coloca como aquello que mueve a los mortales a buscar la inmortalidad a través de la transformación. Dicho de otra manera, lo mortal se perpetúa mediante el cambio: las viejas ideas se modifican con las nuevas prácticas y adquieren nueva vida para quienes toman el lugar de los antiguos.

En efecto, bien que se diga de un individuo, desde su nacimiento hasta su muerte, que vive y que es siempre el mismo, sin embargo, en realidad no está nunca ni en el mismo estado ni en el mismo desenvolvimiento, sino que todo muere y renace sin cesar en él: sus cabellos, su carne, sus huesos, su sangre, en una palabra, todo su cuerpo; y no sólo su cuerpo, sino también su alma, sus hábitos, sus costumbres, sus opiniones, sus deseos, sus placeres, sus penas, sus temores; todas sus afecciones no subsisten siempre las mismas, sino que nacen y mueren continuamente.

Este mismo sentido de cambio y transformación ritual es el que marcamos cada vez que participamos en un ayuno o soplamos una vela en un pastel de cumpleaños: la luz que se apaga (que se sacrifica simbólicamente) marca el tiempo pasado, lo que en cierta medida ha muerto ya en nosotros, a la vez que una promesa y un voto para el tiempo futuro y aquello que aún no llega.

fuente: Faena