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El Ultimo Hombre (Cristian Warnken)

21 de diciembre de 2012
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                                                   Tunnel of Lights just opened on the island of Nagashima in Japan
 

La Navidad se ha convertido en una palabra vacía más de las que andan circulando por el mundo. Para volver a sentir y vivir la Navidad en su sentido originario, habría que arrancar a miles de kilómetros de nuestras ciudades convertidas en grandes cosmópolis del hiperconsumo y arriesgarse a tener una experiencia del vacío y el despojo total, que es el único lugar desde donde se puede vislumbrar alguna estrella que no sea una luz de neón.

Pero, ¿quién se arriesga a esperar un nuevo nacimiento desde la muerte de lo viejo? Acumulamos agua y armas, levantamos escondrijos para salvarnos nosotros y nuestros más próximos de un hipotético fin del mundo, con un egoísmo de sobrevivientes infestados de esoteria de segunda mano. Un verdadero “fin de mundo” sería el de nuestro maldito ego, enfermo hace miles de años y que explica la mayoría de las catástrofes del planeta. Eso lo han dicho ya todos los grandes conocedores del corazón humano: desde Jesús y Buda hasta Shakespeare y Nietzsche. Pero el hombre parece no haber cambiado un ápice desde que ellos hablaron.

¿Adónde ir, entonces, esta Navidad, si no es posible huir de nosotros mismos? Quedan muy pocos lugares donde la inocencia y la gratuidad sean todavía posibles. Hasta en los templos hay circuitos cerrados de televisión, porque la sospecha y la paranoia ya están instaladas incluso en los altares, y no sería de extrañar que muy pronto las iglesias estén llenas de alarmas, se rodeen de cercos electrificados y sean cuidadas por perros rabiosos. Qué difícil ser hoy un rey mago: ¿cómo distinguir la estrella del verdadero anuncio de las estrellas artificiales de un anuncio publicitario?

Pero me imagino a un hombre de este siglo decidido a buscar la Navidad genuina allí donde esté. Me lo imagino sintiendo de improviso un vacío insoportable a la altura del pecho. Ése sería un hombre conectado a su propia angustia, esa que nos obliga a mirarnos adentro, sin posibilidad de escapatoria. Me imagino a ese hombre dejando su automóvil de lujo abandonado en la berma de un camino, con las llaves puestas, y lanzando sus regalos a un río. Me lo imagino vagando entre multitudes frenéticas, entrando a un mall y dando un grito. Me lo imagino arrancándole la barba a un Viejo Pascuero patético y sudado, y quitando uno a uno los adornos a un árbol de pascua sintético. Me imagino a ese mismo hombre haciendo dedo en la carretera y diciendo de manera perentoria a quien lo pudiera llevar: “Busco un lugar donde encontrar la verdadera Navidad”. ¡Eso, en el hipotético caso de que haya todavía en nuestras ciudades algún ser humano que esté dispuesto a detener su automóvil para ayudar a otro ser humano! Me imagino a ese hombre después de días sin dormir, caminando al borde de inmensas autopistas, sin rumbo cierto.

Prefiero imaginármelo feliz a pesar de su búsqueda tal vez imposible. Porque sólo quien se conecta con lo imposible puede ser de verdad feliz. En realidad, es esa imagen, la de un posible último hombre buscando un Belén desaparecido del mapa, la única que me invita a permanecer todavía entre los hombres. Es la posibilidad de un hombre -uno solo- que esté dispuesto a quemar sus propias naves, es esa posibilidad la que me hace creer que no se acabará el mundo este 21 de diciembre, y que todavía será posible la Navidad este 24 de diciembre.

Este planeta se sostiene por un milagro y dentro de él el milagro más asombroso es el hombre. Y dentro de ese milagro que camina, brilla la verdadera estrella del hombre: la de su libertad interior. Si un solo hombre (o mujer) es capaz de separarse de la multitud y avanzar en sentido contrario al abismo del sinsentido, todos estamos salvados, podemos nacer de nuevo. Pero, ¿adónde está ese hombre imaginario, alguien lo ha visto, alguien sabe su nombre? ¿Está en Facebook, existe?

*Columna por Cristián Warnken  en El Mercurio

 

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