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Hans Silvester retrata el arte que viste el cuerpo de las Tribus de Omo

14 de noviembre de 2016
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Hans Silvester  fotográfo y ambientalista, recorre el mundo en búsqueda de capturar imágenes que muestre el esplendor de la naturaleza y además su visión humanista del mundo. La fotografía le permitió mezclar ambos temas y entregar una magnífica obra sobre las tribus indígenas del Valle Omo, una de sus obras más famosas en donde retrata a miembros de dicha tribu ataviados con diversos pinturas que cubren su cuerpo así como adornos de hojas y flores que encuentran y cambian hasta tres veces al día como si se tratase de ropa.

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En el valle del Omo, entre Etiopía, Kenia y Sudán, existe un mundo perdido, un lugar que no figura en los mapas. Lejos de cualquier capital, con un clima extremo, se esconde uno de los lugares más salvajes de África en el que viven unas 15 tribus nómadas o seminómadas. Las más importantes están integradas por unas 70.000 personas; las más modestas no superan el millar.

El valle inferior del Omo se cree que fue una encrucijada durante miles de años para diversas culturas y grupos étnicos que emigraron hacía esa región. Actualmente en el valle viven muchas tribus de agricultores y pastores seminómadas, entre ellos los mursi, y los surma.

Estos dos pueblos practican la modificación corporal y utilizan sus cuerpos como base de su creatividad. Se pintan varias veces al día utilizando las arcillas de colores y se adornan con hierbas, plumas y frutas. Sus diseños abstractos de colorido vivo forman una espectacular expresión cultural llena de belleza.

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“Ésta es una de las excepcionales ocasiones en que la cámara capta la vida de las misteriosas etnias del valle del río Omo, uno de los lugares más salvajes de África. La belleza y calma que desprenden las pinturas con las que decoran sus cuerpos contrastan con la violencia de muchos de sus ritos iniciáticos –en algunos se flagela a las mujeres- y con la lucha a muerte que mantienen entre las tribus” Hans Silvester

Las imágenes llenas de colores brillantes permiten apreciar un estilo natural casi como si fuese una fotografía de modas.

Historia del Valle de Omo

Yo llegué a este mundo perdido de la mano de Lucy… Estaba buscando una continuación a mi trabajo sobre las mujeres Mirabaï de Rajastán, cuando comencé a leer un libro sobre ella, sobre Lucy, ese esqueleto de homínido descubierto en 1974 en el sur de Etiopía y que nació hace unos 3,5 millones de años.
Y allí decidí ir, a la cuna de la Humanidad, a aquel lugar donde al parecer se efectuó la separación del hombre y del mono, para conocer a estas tribus que, sin saberlo, son guardianes de nuestro patrimonio común. Moulou, un guía etíope, fue el perfecto cicerone. Su conocimiento y respeto por las etnias y sus consejos me fueron imprescindibles en un mundo donde es difícil llegar, incluso físicamente. El cuerpo llega pronto a sus límites, gracias a las moscas tse-tse, el paludismo, las sanguijuelas, las amebas, el sol abrasador, las lluvias torrenciales y el barro.
Beber el agua de cualquier sitio y compartir los alimentos de las tribus encierra evidentes peligros. Para evitarlos, Moulou me sugirió que contratase a un cocinero, lo que además nos permitió establecer lazos sociales con los indígenas con los que nos fuimos encontrando. A menudo, el primer contacto con ellos se estableció alrededor de una comida compartida, sentados en el suelo y utilizando los dedos como cubiertos.

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Signos distintivos. Los hamer, los karo, los surma, los mursi, los bume… Todos son diferentes, física y culturalmente, aunque lo que distinga a estas tribus no sea siempre algo evidente para un extranjero. A mí me ha costado tres años y nueve viajes seguidos. Pero, a veces, es sorprendentemente fácil. Por ejemplo, un surma y un hamer se reconocen por su peinado especial, un puñado de pelo untado de barro y, a menudo, adornado con plumas. Unos son sedentarios (karo); otros nómadas, cazadores y de temperamento guerrero (surma o mursi). Sin embargo, la gran diferencia son los dialectos que hablan, pese a los esfuerzos de las autoridades de Adis Abeba por introducir el amárico, la lengua oficial de Etiopía.
Geográficamente, están instalados en las orillas del río Omo, cuyas aguas desembocan en el lago Turkana, fronterizo con Kenia. En una región en la que las temperaturas pueden alcanzar los 45 ó 50 grados, el agua es vital para el hombre y su ganado. Cada dos días, los pastores llevan a las vacas al Omo o a alguno de sus afluentes. El río es la clave de la supervivencia. Igual que estos animales.
Como ocurre a menudo en África, el poder reside en los ancianos. Son ellos los que se reúnen, los que toman las decisiones que afectan a la tribu y los que debían autorizarme para captar con mi cámara sus aldeas, previo pago, costumbre reciente a la que nadie puede escapar.
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Al principio, pensé que fotografiar antes a los ancianos me facilitaría el trabajo. Un gesto así me había ayudado mucho en La India y en otros países, pero aquí fue un fiasco. Al mirar las fotos se veían pequeños, irrisorios en comparación con su estatura real. Les daban vueltas, las miraban y remiraban y, al final, las tiraban.
Para ellos, la propia imagen es algo abstracto, y eso que desde hace unos años circulan varios espejos de bolsillo. Los rostros pintados, los cuerpos escarificados, las joyas, los peinados, las sabias mezclas de vegetales y plumas sólo son apreciados por la mirada de los demás. Lo único que cuenta es la reacción del amigo o del vecino ante sus decoraciones corporales.
Se pintan el cuerpo con arcilla coloreada hasta dos o tres veces al día, como si cambiasen de vestido. Para los más jóvenes es una forma de coquetería, de seducción, de fiesta. Pero también un orgullo. Las escarificaciones, las mutilaciones que se infligen las mujeres mursi para colocarse su plato labial… son signos de elegancia, de belleza, de fortaleza y de valor.

Los rituales varían según las etnias. Pero en todas sus miembros se reúnen, bailan y hacen fiestas. El extranjero, en esos momentos, queda excluido. Casi por su propia seguridad. La combinación de las drogas que extraen de las plantas con el alcohol puede llevarles a estados de trance y a un estallido de violencia. Así, un viejo litigio o una palabra mal dicha es susceptible de desencadenar el conflicto.
La mayoría de los pueblos del Omo conserva un alma belicosa. De hecho, luchar contra el enemigo es algo inherente a su cultura, a sus tradiciones y llega incluso a alimentar sus conversaciones diarias. Yo nunca había sido testigo de tanto odio entre tribus vecinas. Por ejemplo, los surma y los burne se matan desde siempre.
Para minimizar este atavismo tribal existe entre cada tribu una región a la que no se va, a la que ni unos ni otros llevan a su ganado. Pero, en ocasiones, es inevitable y terminan produciéndose enfrentamientos, muchas veces a vida o muerte.

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Y sin embargo, nada irremediable parece haber afectado todavía al valle del Omo. Jirafas y elefantes siguen corriendo por la sabana. También los hipopótamos y los cocodrilos son numerosos en el gran río. Y lo mismo ocurre con las tribus, que parecen sobrevivir a pesar de todo y contra todo.
Porque aquí, igual que se hace la guerra, se firma la paz. Si la situación empeora, si las pérdidas humanas y los robos de vacas se tornan demasiado graves, los viejos saben que tienen que encontrar una salida. Entonces, una delegación de ancianos se pone en camino y es recibida por otros ancianos. Entre ambos discuten las soluciones para alcanzar la paz. Inestable y frágil, porque basta una sequía extrema para que las hostilidades vuelven a desencadenarse.  silvester1221

Depuis la nuit des temps Surmas, Mursis parent et décorent leur corps. Les origines de ces dessins sont inconnus. La certitude est que ce n'est ni religieux ni rituel. Il peuvent se baigner et les effacer plusieurs fois par jour. Pierres volcaniques broyées, les pigments sont mélangés à l'eau. Ils se dessinent vite, du bout des doigts, avant que le mélange ne sèche. Cette rapidité d'exécution garantie leur spontanéïté.
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Fuentes
a&
Inkulmagazine
Hans Silvester

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