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“Huellas” La Mujer y su mundo por Paula Serrano

25 de enero de 2016

“Cambiar parece imposible. Soy así, decimos. Como si el miedo fuera como el largo de piernas, inalterable. ¿Cómo se lucha contra estas huellas bien armadas? Primero, dándoles nombre. Lo que siento es miedo. Así, sencillamente…”

c01aef45fe869db84a105ce256bb46e6Así como en los cerros el agua va armando huellas para bajar al plano, también nuestro cerebro hace lo mismo. El agua suele armar arroyos que año tras año van aumentando o profundizando su hondura, de manera que automáticamente el agua sigue un curso y no otro. Nuestro cerebro, por otro lado, arma huellas por repetición en las emociones que son más habituales en el ser humano.

Por eso es que tanta ciencia y tanto credo ha dedicado muchísimo tiempo a tratar de controlar o cambiar las emociones que de puro habituales no nos permiten cambiar.

Por ejemplo, el miedo es una emoción habitual en X. Desde pequeña todos los que la rodearon también la hirieron. Y su cerebro se acostumbró que, ante un cambio de voz o incluso ante un cariño, se secretaran hormonas que se traducen en sentir miedo. Nuestra X se acostumbró a vivir con miedo, casi no lo reconoce, y sin duda es mas cómodo y sencillo para su cerebro mantener la huella que se armó por muchos años y hoy es un arroyo fuerte y seguro de sus cauces.
Cambiar parece imposible. Soy así, decimos. Como si el miedo fuera como el largo de piernas, inalterable.

¿Cómo se lucha contra estas huellas bien armadas? Primero, dándoles nombre. Lo que siento es miedo. Así, sencillamente.

Después habría que hacerse amiga de ella, como uno se acostumbra a la pena de haber nacido con el pelo liso. Enojarse con lo que sentimos es la mejor manera de perpetuarlo.

Luego hay que darse cuenta de que el miedo (o cualquier otra emoción habitual) no siempre está provocado por situaciones que nos dan miedo, sino que se gatilla sin que nosotros podamos asociar un hecho con la emoción. Ya sabemos que en el cerebro un estímulo menor puede provocar una secreción y el resto lo hace la huella. Es como jugar a pillarlo, ver que se agranda sin razón y entonces podemos hablarle serenamente y decirle, “estás acostumbrada a hacer ese camino, pero no es necesario”. Porque el agua de tanto repetir la huella hace daño en la tierra.

Pensemos que basta una pequeña piedra para romper la huella del agua, cambiarle el curso. ¿Por qué no podremos hacer frente a nuestros hábitos más dañinos? Si podemos. Armaremos otras huellas que nos ayuden a crecer y no a sobrevivir.

Es preocupante que en pleno siglo XXI no creamos en la posibilidad de cambiar. Resignarse, darse explicaciones, justificarse, solo le hacen daño a quien repite una y otra vez el mismo camino.
Vale la pena intentar el cambio. Porque, además, cambiamos eso que parece pequeño y la verdad empezamos a cambiar muchas otras cosas. Como si por fin quedaran espacios para armar nuevas huellas.

Fuente: El Mercurio Por Paula Serrano

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