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No da lo Mismo

13 de junio de 2013
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Hay algo mágico en escoger nuestro atuendo. No da lo mismo un recatado cuello redondo con un delicado collar de perlas que un pronunciado escote negro y pendientes dorados. Todo comunica, todo habla, las texturas de las telas, la caída, la forma de llevarlas. A veces la diferencia está en el detalle, en la forma en que nos anudamos el pañuelo al cuello, o nos echamos el bolso al hombro; y otras en el gran gesto, en el vestido de hechura osada, o en un color más estridente del que estamos acostumbradas. Pudor, arrojo, inocencia, altanería, invisibilidad. Todo es posible. Por eso siempre me ha gustado la moda. Porque es en sí misma un lenguaje. Fui incluso editora de moda de una revista renombrada, y tuve la suerte de ver desfilar a las modelos de Jean Paul Gaultier, Galliano, Tom Ford y de muchos otros. Pero nunca me había preguntado de dónde vienen las prendas que uso. Hasta hace algunas semanas. 

Myanmar, Burma, 1994, final book_iconic

El 24 de abril recién pasado, una fábrica de textiles en la ciudad de Savar, Bangladesh, colapsó, matando a más de mil mujeres que trabajaban en su interior. Testigos acusan a los dueños de haber obligado ese día a sus empleadas a trabajar, a pesar de que el día anterior se habían notado fisuras importantes en las paredes del inmueble de ocho pisos. Bangladesh es conocida por sus fábricas textiles donde masivas y renombradas marcas occidentales fabrican sus prendas de vestir. Los costos de producción son bajísimos. Las condiciones de sus más de tres millones de empleadas son subhumanas. Trabajan largas jornadas, hacinadas, en lugares insalubres, y ganan 40 dólares al  mes, un salario que fue denunciado como “de esclavo” por el papa Francisco. El colapso del edificio de nueve pisos en Savar ocurrió cinco meses después de que en un incendio de una fábrica textil en Dhaka murieran más de 100 personas. 

Las prendas que ellas producen son nada menos que las que nosotras usamos todos los días, nuestra camiseta de última moda, el jeans con el corte perfecto que resalta nuestras curvas y nos hace lucir más delgadas, la camisa blanca perfectamente bien cortada que nos saca de apuros cuando no sabemos qué ponernos. Es duro pensar que todas esas prendas que están primorosamente colgadas en nuestro clóset han sido confeccionadas por alguien que trabaja en condiciones subhumanas. 

Por fortuna el mundo no se ha quedado indiferente y está comenzando a reaccionar. Miles de trabajadoras en Bangladesh, después de la muerte de sus compañeras, se han negado a volver a sus puestos hasta que sus condiciones cambien. Marcas importantes han decidido firmar un acuerdo para que mejoren los estándares de seguridad de sus fábricas. Pero todo eso no es suficiente si cada uno de nosotros no pone su granito de arena.

Una guía podría ser lo que ha ocurrido con el café. Hace al menos diez años existe lo que se llama el ‘fair trade’, algo así como ‘comercio justo’. Esto significa que las compañías que compran café en los países productores, como Vietnam, Brasil, Colombia, Honduras, Guatemala y Uganda, entre otros, solo adquieren café procedente de productores que velan por sus trabajadores. El café que estas compañías venden luego en nuestros países resulta un poco más caro para el consumidor que el resto, pero lo que estamos pagando es la dignidad y la condición de vida de millones de trabajadores que lo producen. Una parte importante del café que consumimos en Chile cumple con estos estándares.

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Tal vez si cada uno de nosotros tomara conciencia de esto, con el tiempo podríamos lograr que todas las grandes multinacionales de ropa se unan al esfuerzo de algunas, y que el sello de ‘comercio justo’ sea parte de las exigencias que hagamos a la hora de comprar. Porque hasta ahora sabíamos que no da lo mismo un vestido de lycra que uno de seda, pero lo que verdaderamente no da lo mismo es en qué condiciones cada una de estas prendas fue producida.

Carla Guelfenbein en Revista Mujer

Imagen 1 Steve McCurry

 

 

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