El Q’eswachaka, el último puente inca

Cada mes de junio, en un rincón de los Andes peruanos, cuatro comunidades quechuas renuevan el Q’eswachaka, un vestigio viviente de cinco siglos de antigüedad.

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A más de 3.700 metros de altitud la respiración se vuelve dificultosa y el dolor de cabeza, persistente. En este lugar recóndito de los Andes, únicamente un remedio natural –y legal– se nos promete para aliviar el mal agudo de montaña que sufrimos desde nuestra llegada a Perú hace solo unas horas: el cha­cchado («mascado» en quechua) de hojas de coca, una planta con propiedades analgésicas que un grupo de mujeres del lugar nos ofrece en esta ar­­diente mañana de principios de verano.

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Sentadas en lo alto de un cañón ceniciento, a unos 110 kilómetros al sudeste de Cusco, en el distrito de Quehue, provincia de Canas, ellas se sirven de su planta sagrada, poseedora de múltiples virtudes, para calmar el hambre poco antes del mediodía. Están rodeadas de haces de q’oya, una fibra vegetal obtenida de una planta autócto­na con la que trenzan largas sogas que los hombres instalan a continuación en cada uno de los dos extremos de la garganta. A poco más de una decena de metros por encima de las límpidas aguas del río Apurímac, tensan seis gruesas cuerdas durante horas a ambos lados del desfiladero. De estas, cuatro son las matrices y servirán como soporte, y dos, como barandas. Al fijarlas finalmente a unas bases rectangulares de piedra (los estribos del puente), los hábiles constructores componen un año más el esqueleto del Q’eswachaka («puente de cuerda» en quechua), el último puente inca del mundo.

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Una espléndida obra de in­­geniería andina de 28 metros de largo y 1,20 de ancho que persiste pese a la modernidad y que en 2013 fue incluida en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco. No en vano los conocimientos, las técnicas y los rituales vinculados a su renovación se han transmitido de generación en generación desde la época de esplendor del Imperio inca, entre los siglos XV y XVI, hasta nuestros días. Fabricadas con ma­­teriales efímeros, tales pasarelas debían ser re­­construidas anualmente para evitar accidentes derivados del desgaste causado por el paso del tiempo y el clima. Así lo documentaba en 1609 el cronista Inca Garcilaso en su obra Comentarios Reales de los Incas a propósito de este y otros puentes ya desaparecidos que constituían los tramos suspendidos de la antigua red viaria incaica. Conocida con el nombre de Qhapaq Ñan, que en quechua significa «Camino Real», dicha red se extendía a lo largo y ancho de los más de dos millones de kilómetros cuadrados que abarcaba el Tawantinsuyu (o Imperio inca), un territorio que se extiende en la actualidad por seis países de América del Sur: Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina.

 

 Una tradición que para las comunidades campesinas de Huinchiri, Chaupibanda, Choccayhua y Ccollana Quehue ha subsistido durante más de cinco siglos gracias a la intercesión de la divinidad. «Si no construimos un nuevo puente cada año, nos arriesgamos a provocar la ira de la Pachamama [la Madre Tierra en quechua] y de los apus [fuerzas tutelares de la naturaleza]», se estremece María Quispe, una anciana de 60 años que participa desde su niñez en tal misión. Ataviada como las otras mujeres con una falda ancha de lana y de varias capas, el lazo negro de su sombrero bombín nos advierte de su viudez. «Lo usemos o no, nos exponemos a sufrir catástrofes naturales que pueden arruinar nuestras cosechas de papas, habas, trigo o cebada, e incluso a desdichas como la enfermedad o la muerte», añade mientras observamos una columna de humo elevarse desde el interior del cañón.

El lugar se impregna de un aroma ahumado debido a la mesa que el paqo, o sacerdote andino, prepara junto a una de las bases del puente. Es una especie de altar de tela con motivos indígenas en el que el chamán deposita hojas de coca, fetos de llama y alimentos que ofrece a la Pachamama a través de las llamas centelleantes. «Como tú o como yo, la Tierra tiene hambre, y saciarla queda entre nuestras obligaciones como hijos. Pues ella es la fuente de nuestro sustento –explica Cayetano Ccanahuire, paqo de 63 años a quien se le atribuyen capacidades adivinatorias, así como de medicina andina–. Antes de la renovación del puente, los apus me indican cada año cuál es en estos días el apetito de la Pachamama. Pues sus gustos evolucionan y no siempre debemos pagarle con el mismo “manjar”, al que se invita igualmente a los apus para implorar su protección y evitar accidentes durante la renovación.»
Instalado junto a los estribos de piedra durante los tres días que duran las tareas de renovación del puente, el paqo solo podrá abandonar el lugar cuando la obra sea transitable.

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«Desde la época precolombina, cualquier actividad importante de construcción, tanto de casas como de puentes, se realiza previo pago a la tierra o a los apus. Estas últimas deidades están encarnadas en todos y cada uno de los accidentes geográficos de la zona, como las lagunas, los ríos o los cerros –explica el antropólogo de la Universidad Católica de Lima Pablo del Valle–. Se trata de una apelación a las fuerzas de la naturaleza en la que se les implora que se calmen para evitar perjuicios, como una crecida del río y la posterior inundación de los campos. ¡Incluso los puentes modernos del siglo XX se construyeron pagando antes a los dioses!»
Esas obras más modernas provocaron el
ocaso de los arcaicos puentes de cuerda en la cordillera andina, ya que dejó de ser necesario que las pasarelas incaicas fuesen renovadas a perpetuidad. Mientras que algunas se reemplazaron por puentes de carretera, los vestigios de otras pueden todavía observarse en ríos como el Vilcanota. El mismo Q’eswachaka cayó en desuso después de que se edificara una construcción de metal más sólida y segura a apenas unos metros de distancia.
«En los años sesenta y setenta del siglo xx los miembros de las comunidades locales abandonaron la renovación del puente con la esperanza de que la tierra les perdonase. Como madre, la Pachamama se enoja, se molesta, reniega y castiga, pero también indulta», dice la antropóloga Zonia Escalante. «Los campesinos confiesan que en el transcurso de aquellos años fueron castigados con sequías, heladas, vientos huracanados que destrozaron el techo de paja de sus viviendas, y también con la enfermedad y la muerte de sus animales. Unas penas que forzaron la migración de ciertos jefes de familia a la ciudad. Finalmente, tras 12 años inactiva, la tradición se reactivó», me explica esta especialista en desarrollo rural cerca de la escalinata de piedra que conduce al puente desde lo alto de la angostura.
Como el resto de las mujeres, se mantiene alejada de las labores de renovación, pues se cree que atraerían la q’encha («mala suerte» en quechua) a los hombres que, a horcajadas sobre las gruesas cuerdas de base, comienzan a trenzar los laterales y el suelo del puente. La melodía de una flauta andina se pierde en el aire prístino de la montaña, impregnado del perfume de chillca y de p’sta, dos plantas aromáticas que se emplean también en el piso de la construcción. Vestido con un pantalón tejano, uno de los hombres ayuda a transportar un largo «colchón» de ramas entrelazadas, que los artífices del puente desenrollarán posteriormente sobre las bases trenzadas, a modo de pavimento.

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«El nuevo viaducto y la carretera actual nos abrieron una puerta al mundo exterior que revolucionó poco a poco nuestra vestimenta y nuestro medio de transporte. Cada vez son menos los vecinos que en su día a día se visten con los trajes tradicionales que llevamos hoy», se lamenta Cayetano Ccanahuire mostrándonos su atuendo de lana de oveja: chaqueta y pantalón blanco y negro confeccionado por las mujeres quechua. «Asimismo, penetraron en nuestra comunidad ciertas amenazas a la creencia andina. El número de evangelistas crece entre nosotros, lo que enfurece a nuestras deidades. Pero los “conversos” siguen contribuyendo a la reconstrucción del Q’eswachaka por respeto y por imposición.
Cuando se llega a la edad adulta, se está obligado a participar en esta tradición enraizada en una vieja costumbre precolombina aún vigente en diversos países latinoamericanos: las minkas, o trabajos comunitarios que se emprendían en beneficio de toda la colectividad, como el mantenimiento y la reparación de los tramos del Qhapaq Ñan que discurrían cerca de sus hogares. Tal y como hicieron sus antepasados, casi un millar de quechuas dispersos en las laderas de las montañas se ocupan aún de la conservación del Q’eswachaka. No obstante, la tradición pierde paulatinamente adeptos.

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«Muchos jóvenes debemos partir en busca de una vida mejor y ya no podemos ayudar», dice apenado Dimas Huillca, un muchacho que, como otros vecinos quechuahablantes, se expresa con dificultad en castellano. Sentado sobre una gran roca al borde de una ruta asfaltada, observa de lejos el festival de danzas folclóricas que se celebra cada segundo domingo de junio, todo un acontecimiento musical con el que se dan por concluidas, al cuarto día, las tareas de renovación.
«Hace tres años tuve que emigrar por motivos de trabajo a Yanaoca, un pueblo de los alrededores –explica Dimas–. Pero mi familia aún reside en la comunidad y continúa alimentando nuestro legado ancestral. Un legado del que añoro ser parte cada año.»