Otra vez los Aromos

20140813_103712 Una de mis primeras columnas en este espacio, hace ya sus buenos veinte años, trató sobre el regocijo que me produce todos los años, en las postrimerías de julio, la gloriosa explosión de los aromos en la Ruta 68, especialmente en el tramo que va desde la salida de Valparaíso hasta Lo Vásquez. Nadie plantó allí esos aromos. Llegaron en forma de esporas y empezaron a reproducirse de manera abundante, desordenada y feliz, aquí y allá, a uno y otro lado de la carretera, sin que interviniera la mano de ningún paisajista. Uno cree que con las lluvias perecerán sus flores luminosas, pero lo que ocurre es justamente lo contrario. Continúan prendidas al follaje, aun más encendidas que antes de ser tocadas por el agua, despidiendo su inconfundible fragancia de invierno, la misma que huelo en el puente Lusitania de Viña del Mar cuando corto algunas ramas de los aromos que crecen en el estero Marga-Marga y que han alcanzado una altura que permite llegar a ellos con solo extender las manos mientras se transita por el puente.

Duran poco los aromos, hasta estos mismos días, fines de agosto, algunos quizás hasta septiembre, pero en el momento en que ellos se apagan se encienden duraznos y ciruelos, como lo harán más tarde los retamos, ya bien entrada la primavera, cuyas flores, también diminutas y de intenso color amarillo, despiden el más dulce de los perfumes del verano chileno. Hay muchos retamos en los cerros de Viña y de Valparaíso, donde crecen y proliferan con la misma naturalidad de sus hermanos mayores, los aromos. El retamo es un arbusto pequeño, de follaje más bien escaso, pero puedes olerlo a varios metros de distancia y prepararte así para saludarlo cuando pases junto a uno de ellos.

Soy de los que toco y hasta hablo con ciertos árboles, aunque espero no llegar nunca al delirio de creer que ellos me responden. Tampoco es necesario que lo hagan. Su sola presencia es una respuesta a preguntas que no es necesario formularles. Hay uno, pequeño, que toco casi a diario, a modo de saludo. Creció en una de las calles de mi barrio y tarda mucho en echar brotes y florecer. A menudo he advertido la cara de sorpresa que pone el transeúnte que presencia la escena. El jardinero de una casa próxima ha visto ya muchas veces mi saludo y optado por saludarme también. En cambio, el muchacho que con el carrito de lácteos recorre el sector esboza una sonrisa mordaz cuando ve que estoy deslizando la palma de mi mano por el tronco del árbol. Debe pensar que se trata de uno de esos orates que tienen necesidad de inventarse una compañía. Lo que probablemente pasa con ese y otros árboles es que los he transformado en mascotas, pero sin las incomodidades de estas. Perros, gatos, canarios: a todos ellos prefiero la superficie lisa y callada del tronco que acaricio o la visión del macizo de lavandas que crecen bajo mi ventana en un macetero de madera que se parece a una cuba que contiene el vino de la vida.20140813_103755

Cuando en casa pongo en un florero las ramas de aromo que he tomado en el puente Lusitania, sé que durarán varios días, hasta que sus flores, poco a poco, empiezan a caer sobre la superficie del mueble. No permito que las quiten de allí sino hasta el momento en que haya que desechar el completo ramo marchito que cumplió ya su cometido de llevar algo de sol al interior de una casa que vive la oscuridad del invierno. Nunca hay que remover ni barrer las flores o los p

étalos que han caído sobre un mueble o en la vereda que transitamos. Deben quedar allí, espejeando a las que algo más arriba continúan vivas. Todo lo más que podría pasar es que por no hacerlo nos consideren descuidados, pero entonces uno podría entonar los siguientes versos de Atahualpa Yupanqui, el mismo que cantó que los aromos en oro le ofrecen al sol la luz que les presta: “porque no engraso los ejes de mi carreta, me llaman abandonao… Si a mí me gusta que suenen, ¿pa qué los quiero engrasaos?”.

Soy de los que toco y hasta hablo con ciertos árboles, aunque espero no llegar nunca al delirio de creer que ellos me responden.

Por Agustín Squella

Fuente: http://www.emol.com/

Imágenes: ellalabella